Corre con el Cuento

Cosas del Correr y de Cuentos

Eduardo, el niño más terrible del mundo

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Le recuerdo de alguna vez que salía a correr por el barrio. Algunas veces iba con su hermano para recorrer el circuito-manzana de los Nuevos Ministerios (kilómetro y medio de duro cemento) y a juzgar por el calibre de sus piernas pensaba…

Este hombre debe correr maratones.

Hace unos meses leí un artículo suyo que hablaba de un tal Juan Carlos Higuero. El tono quizá fuera algo indulgente, pero me gustó porque, a diferencia de lo que otros habían escrito desde los Juegos Olímpicos, Alfredo Varona escribía (como siempre) a contracorriente, poniendo las cosas en su sitio.

Higuero nunca tuvo posibilidad de ser campeón olímpico en la final de Pekín. Es algo que se le puede reprochar. Pero esa opción tampoco la disfrutaron jamás Abascal o González, leyendas vivientes de nuestro mediofondo. Higuero fue quinto, a sólo 28 centésimas de la medalla de bronce, lo que objetivamente significa que sólo hay cuatro corredores mejores que él en todo el mundo en el 1.500. ¿Acaso no es una recompensa suficiente? ¿No es una demostración que premia la evolución del atleta?

Y es que, tanto Juan Carlos Higuero como Víctor Corrales (un chaval que sigue los pasos del primero y del que también habla el artículo) no hacen más que recordarme a Eduardo, el niño más terrible del mundo.

A menudo a Eduardo se le olvidaba lavarse la cara y cepillarse los dientes por la mañana.

“Eres un niño muy sucio, Eduardo. Eres el niño más sucio del mundo”.

Y Eduardo se volvía cada día más y más sucio.

Los días se convirtieron en semanas y las semanas en meses. Y Eduardo se hizo cada vez más bruto, más ruidoso, más abusón, más cruel, más desordenado y más sucio; hasta que un día le dijeron:

“Eduardo, de verdad, ERES EL NIÑO MÁS TERRIBLE DEL MUNDO”.

Las etiquetas… cuando nos las ponen, nos cuesta horrores quitarlas y, a veces, hasta llegan a condicionar nuestra conducta y terminamos siéndoles fieles (bueno, después de todo, no hacemos más que lo que decía la etiqueta).

¿Por qué será que siempre es más sencillo hablar mal de alguien que reconocer alguna de sus virtudes?

Referencias:

  • Burningham, John, Eduardo, el niño más terrible del mundo (Edwardo, the horriblest boy in the whole wide world, 2006), Vigo, Factoría K de libros, 1ª edición, 2006, ISBN: 978-84-934713-9-2.
  • Varona, Alfredo, Los Atletas también cambian, Corricolari, Nº 257, Octubre 2008, págs. 14-17.

4 comentarios

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  1. Hola!!!
    Veo muchas cosas interesantes por aquí, creo que me voy a quedar un ratito leyendo y recordando…
    Muchas gracias por las visitas y por los comentarios😉

    Un saludo, Giraluna.

    Giraluna

    Martes, 24 marzo 2009 at 11:27 pm

  2. En algunos sitio he oído hablar de “profecías”: tratar así a los pequeños (quizá no solo, pero sí mucho) acaba por convertirse en una profecía y hacerse realidad. (Al menos en ocasiones) es como si la autoestima se invirtiera por rabia y quisiéramos seguir siendo el mejor, pero ya el mejor de los malos.

    darabuc

    Miércoles, 25 marzo 2009 at 9:47 am

  3. Una amiga psicóloga me explicó hace tiempo este tipo de comportamientos, si no recuerdo mal los afectados al final acaban siendo como los demás quieren que sean, es lo que se espera y se cumple.

    Puede que haya mucha envidia ¿no?.

    Santi Palillo

    Viernes, 27 marzo 2009 at 8:41 pm

  4. @ Giraluna: gracias por el piropo. Vuelve cuando quieras y enhorabuena por tu blog.

    @ darabuc y Santi: creo que es eso, precisamente, lo que intenta reflejar el cuento. Muestra de ello es que, una vez que le han etiquetado como el niño más terrible del mundo, Eduardo (que, casualmente, se llama como yo) intenta por todos los medios “seguir el guión”, pero la respuesta de los demás (esta vez positiva) le hará cambiar de actitud.

    ¿Envidia? Puede ser. Pero lo que está claro es que, en general, nos cuesta un mundo reconocer los aciertos de los otros. En el caso de un adulto, con una autoestima adecuada, puede defenderse adecuadamente de estos “ataques”, pero un niño, con su personalidad en plena formación, puede hacerle creer que, de verdad, es el niño más terrible del mundo.

    Commedia

    Sábado, 28 marzo 2009 at 12:56 am


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