Corre con el Cuento

Cosas del Correr y de Cuentos

Calor Siberiano

with one comment

La tierra era tan lisa que causaba una impresión abrumadora. No se veía una sola colina. Era un mar terso e interminable de hierba reseca y mortecina.
Tata, ¿por qué es tan lisa la tierra aquí?
—Esto debe ser la estepa, Esther.
—¿La estepa? Pero la estepa está en Siberia…
—Esto es Siberia —murmuró él.
No me habría quedado más sorprendida si me hubiera dicho que nos habían trasladado a la luna.
—¿Siberia? —dije con voz temblorosa—. Pero Siberia está llena de nieve.
—Ya lo estará —dijo mi padre.
¡Siberia! Siberia era el fin del mundo, un punto sin retorno. Un lugar para criminales y delincuentes políticos, donde las penas eran de una increíble crueldad y los presos morían como moscas. Con verano o sin él —¿quién había hablado nunca del calor siberiano?—, Siberia era la tundra e inmensas masas de nieve. Siberia eran los lobos.

Es sólo un extracto de un magnífico relato autobiográfico sobre el paso de la niñez a la adolescencia. Sorprende que esta historia —de referencia básica en la literatura juvenil anglosajona— haya tardado tanto tiempo en traducirse. Se lee de un tirón, y está llena de imágenes potentes —como la del camino al cole y el rumor de la lectura— que gusta volver a saborear.

A primera hora de la mañana, cuando aún estaba oscuro, el momento de abandonar la choza helada para ir camino al colegio era siempre traumático. El trayecto me llevaba más de una hora y no era ningún paseo sino más bien una lucha permanente contra un viento gélido que te zarandeaba ferozmente. Una lucha que tal vez habría acabado perdiendo si no hubiera sido porque iba en caravana. La caravana se componía de una media docena de niños que se iban uniendo a la fila a lo largo del camino y que se usaban unos a otros como barrera contra el viento. Mientras sosteníamos los libros con una mano, nos agarrábamos de la cintura con la otra y nos ocultábamos tras la espalda del que teníamos delante. Por una vez, nadie quería ir en cabeza y nos turnábamos el primer puesto. Por el camino, encontrábamos otras cuadrillas de niños unidos contra el viento. Durante el invierno siberiano, todo el que podía iba al colegio de este modo; nadie quedaba excluido, todos eran necesarios. En semejante situación, si había alguien particularmente popular era el más gordo y corpulento.

Había un lugar donde me olvidaba del frío e incluso de Siberia: la biblioteca. Allí, en aquel pueblo enlodado, constituía una gran institución. No físicamente, desde luego, pero sí en los demás sentidos. Era una pequeña cabaña de troncos, impecablemente cuidada y atendida con cariño; estaba bien iluminada con lámparas de aceite y, además, ¡bien caldeada! Pero lo mejor era que contenía una colección discreta pero asombrosa de la mejor literatura mundial: algo de veras prodigioso si se tiene en cuenta la época, el lugar y el tamaño de la biblioteca. Las paredes estaban recubiertas de libros de arriba abajo: libros, libros, libros. Fue allí donde me iría familiarizando con las obras de Dumas, con las de Shakespere traducidas por Pasternak, con las novelas de Mark Twain y Jack London y, por supuesto, con los rusos. Fue en aquella cabaña por donde me escapé de Siberia, bien leyendo allí, o bien llevándome libros a casa. Gracias a esa biblioteca y a dos profesores extraordinarios, desarrollé una pasión permanente por los grandes novelistas y poetas rusos. Fue allí donde aprendí a hacer cola con paciencia hasta que llegaba el turno de sentarme ante una mesa y ponerme a leer; o donde aprendí a esperar —a veces durante meses— a que un libro estuviese disponible. Fue allí donde aprendí que leer no es sólo un gran placer, sino también un privilegio.

Referencias:

  • Hautzig, Esther, La estepa infinita [The Endless Steppe. Growing Up in Siberia, 1968], trad. de Santiago del Rey, Barcelona, Salamandra, 2008, 1ª edic. en colección Letras de Bolsillo (2012), ISBN: 978-84-9838-431-4.

Ficha en bienvenidosalafiesta. Obituario de Esther Hauzig en The New York Times.

Written by Commedia

Lunes, 20 febrero 2012 a 7:34 am

Una respuesta

Subscribe to comments with RSS.

  1. […] Es Domingo, y son casi las siete. No, no, esta no es la temperatura que hará el 22 de Abril, de eso estoy seguro. Pero, hasta entonces, no queda otra que aprovechar la ola de frío siberiano. […]


Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: