Corre con el Cuento

Cosas del Correr y de Cuentos

Chinos

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En Ping había una enorme cantidad de personas, y todas ellas eran chinas. Jim, que no había visto nunca a tanta gente de una vez, sintió una inquietud misteriosa. Todos tenían los ojos rasgados y llevaban trenzas y grandes sombreros redondos.

Cada chino llevaba a otro chino más pequeño de la mano. Éste llevaba de la mano a otro más pequeño aún, y así sucesivamente hasta el más pequeño de todos, que tenía el tamaño de un guisante. Si este último hubiese llevado a otro chino más pequeño, Jim no lo habría podido ver y habría necesitado una lupa.

Éstos eran los chinos con sus niños y los niños de sus niños. (Todos los chinos tienen muchos niños y niños de niños.) Todos andaban en desorden por la calle, hablaban, gesticulaban y mareaban a Jim.

La ciudad tenía miles y miles de casas; cada casa tenía muchos pisos, y cada piso tenía un tejado, parecido a un paraguas, que sobresalía y era de oro. De las ventanas colgaban banderitas y faroles, y en las callejuelas había cientos de balcones con cuerdas para tender la ropa, porque los chinos son un pueblo muy limpio. Nunca se ponen ropa sucia, y el chino más pequeño, el que no es mayor que un guisante, lava la suya cada día y la tiende en un cordel más delgado que un hilo.

Emma tenía que ir con mucho cuidado para abrirse paso por entre la muchedumbre y no atropellar a nadie. Temía que no se oyera su jadeo y hacía sonar sin interrupción la campanilla y silbaba para que se apartaran del camino los niños y los niños de los niños. Estaba sin aliento.

Por fin llegaron a la plaza principal, ante el palacio imperial. Lucas accionó la palanca del freno. Emma se detuvo y dejó salir el vapor con un enorme suspiro de alivio. Los chinos se desbandaban por todas partes por el miedo. No habían visto nunca una locomotora y creían que Emma era un monstruo que lanzaba sobre ellos su aliento caliente para matarlos y comérselos luego en el almuerzo.

Lucas encendió tranquilamente la pipa y le dijo a Jim:

—Ahora, querido muchacho, ven conmigo. Vamos a ver si el emperador de China está en casa.

Referencias:

  • Ende, Michael y F. J. Tripp (il.), Jim Botón y Lucas el Maquinista [Jim Knopf und Lukas der Lokomotivfürher, 1960], trad. Adriana Matons de Malagrida, Barcelona, Noguer Infantil, 1ª edición, 2009 (1983), ISBN: 978-84-279-0083-7.

La historia de Jim y Lucas, como otras historias de Michael Ende, es tenida por un «cuento infantil», pero el uso de la simbología en sus relatos fantásticos, permite interpretarlos desde «claves adultas». Luis Daniel González, en su blog Bienvenidos a la Fiesta, presenta una interesante análisis de las influencias y evolución en la obra de Ende. En esa misma «clave», Julia Voss, en un artículo para el Frankfurter Allgemeine Zeitung, presentaba una sugerente teoría sobre el origen de la historia de Jim Botón, relacionándola con la gestación misma de la Teoría de la Evolución y su utilización sectaria en la Alemania Nazi (Endeland ofrece una traducción castellana en tres partes: 1, 2, y 3).

Jim Botó es también un estupendo blog, el de Bib Botó, del Grup de Treball de Biblioteques Infantils i Juvenils, del que, en su día, tomé los Derechos del Lector que encabezan este cuaderno.

Written by Commedia

Miércoles, 29 febrero 2012 a 7:44 am

Publicado en Cuentos

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Una respuesta

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  1. […] sólo llegaba aquí de vez en cuando, pero desde que hemos entablado relaciones diplomáticas con China, el tráfico marítimo ha aumentado considerablemente. Casi cada mes llega el barco imperial de mi […]


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