Corre con el Cuento

Cosas del Correr y de Cuentos

Un Propósito

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Hugo observó el vendaje que protegía sus dedos lastimados y deseó con todas sus fuerzas que se curaran pronto. Luego abrió el cajón, sacó el paquetito que contenía el ratón azul y deshizo con cuidado el envoltorio.

—¿Qué es eso? —preguntó Isabelle.

—Es un juguete que quería robar cuando me pilló tu padrino. Lo rompí sin querer, y él me obligó a repararlo. No sé por qué lo habrá guardado.

—Supongo que le caes bien. En casa hay un cajón en el que guarda todos los dibujos que le hice cuando era pequeña.

Hugo sonrió. Isabelle agarró el ratón, le dio cuerda y lo dejó en el mostrador. Los dos niños observan cómo correteaba.

—¿Te has dado cuenta de que todas las máquinas tienen su razón de ser? —le dijo Hugo a Isabelle, recordando lo que había dicho su padre la primera vez que le había hablado del autómata—. Sus creadores las contruyen para que la gente se ría, como este ratoncillo; para saber qué hora es, como los relojes; para que todo el mundo se asombre viéndolas, como el autómata… Tal vez sea esa la razón de que las máquinas rotas resulten tan tristes: ya no pueden cumplir con el propósito para el que fueron creadas.

Isabelle cogió el ratón, volvió a darle cuerda y lo dejó de nuevo en el mostrador.

—Puede que ocurra lo mismo con la gente —prosiguió Hugo—. Si dejas de tener un propósito en la vida es como… como si te rompieras.

—¿Crees que a papá Georges le pasa algo así?

—Sí. Pero tal vez podamos… arreglarlo.

—¿Cómo?

—No lo sé aún, pero quizás René Tabard pueda ayudarnos cuando vaya a tu casa la semana que viene. Seguro que él sabrá qué hacer…

.
Los dos niños se quedaron callados unos momentos.

—¿Y cuál es tu propósito en la vida? —preguntó Isabelle de pronto—. ¿Arreglar cosas?

Hugo reflexionó.

—No lo sé —respondió al fin—. Sí, tal vez.

—Y el mío, ¿cuál será?

—Ni idea, Isabelle.

En aquel momento, los dos miraron el reloj y vieron lo tarde que era. Recogieron todos los juguetes, incluido el ratoncillo azul, y cerraron la tienda. Luego, Hugo le dio a Isabelle el dinero que había recaudado a lo largo del día y la niña se lo guardó en el bolsillo.

—Ven conmigo un momento antes de marcharte a casa —dijo Hugo.

Los dos se colaron por el respiradero más cercano y recorrieron los pasadizos ocultos. La mano lastimada de Hugo y el pie roto de Isabelle hacían muy difícil subir la escalera de caracol y la escalerilla que conducía a los relojes de cristal; sin embargo, ayudándose el uno al otro, lograron encaramarse hasta lo más alto de la estación. Los relojes hubieran debido estar iluminados desde dentro, pero hacía tiempo que la instalación eléctrica se había estropeado y nadie se había preocupado de arreglarla.

—Es precioso —murmuró Isabelle—. Parece como si la ciudad entera estuviera hecha de estrellas.

—A veces vengo aquí de noche aunque no tenga que revisar los relojes, solo para mirar la ciudad. Me gusta imaginar que el mundo es un enorme mecanismo. A las máquinas nunca les sobra nada, ¿sabes? Siempre tienen las piezas justas para funcionar. Y entonces pienso que, si el mundo es un gran mecanismo, tiene que haber alguna razón para que yo esté en él. Y otra para que estés tú, claro.

Los dos niños contemplaron las estrellas y la luna, que brillaba suspendida en lo alto. La ciudad titilaba allá abajo, y el único sonido que se oía era el pulso rítmico de la maquinaria de los relojes. Hugo recordó una película que había visto con su padre algunos años atrás. Ocurría en París: una noche, el tiempo se detenía y todo el mundo se quedaba petrificado. Por alguna misteriosa razón, solo el vigilante nocturno de la torre Eiffel y los pasajeros de un avión que aterrizaba en la ciudad podían moverse y recorrer las silenciosas calles. Hugo pensó que le gustaría experimentar aquella sensación. Sin embargo, sabía que el tiempo seguiría su curso aunque se rompieran todos los relojes de la estación, por muchas ganas que tuviera de detenerlo.

Y, en aquel momento, tenía verdaderamente muchas ganas.

Referencias:

  • Selznick, Brian, La invención de Hugo Cabret [The Invention of Hugo Cabret, 2007], Boadilla del Monte, SM, 1ª ed., 2007, ISBN: 978-84-675-2044-6.

Muestra de dibujos del libro en la web de su autor.

Written by Commedia

Jueves, 17 mayo 2012 a 7:08 am

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