Corre con el Cuento

Cosas del Correr y de Cuentos

Rafa

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Cuarenta y cinco minutos antes de la hora oficial del comienzo me di una ducha de agua fría. De agua helada. Lo hago antes de cada encuentro. Es el punto anterior la punto de inflexión; el primer paso de la última fase de lo que yo llamo el ritual anterior al juego. Bajo el agua fría entro en un espacio distinto en el que siento crecer mi fuerza y mi resistencia. Cuando salgo soy otro. Me siento activado. Estoy «en estado de flujo», o «de fluir», como los psicólogos deportivos llaman al estado de concentración y alerta en el que el cuerpo se mueve por puro instinto, como un pez en un río. En ese estado no existe nada más que la batalla que nos espera. […]

Me puse los cascos para escuchar música. Eso es algo que me agudiza la sensación de «fluir», me aísla aún más de mi entorno. Titín me vendó el pie izquierdo. Mientras lo hacía, puse los grips, las cintas adhesivas, a las empuñaduras de las raquetas, a las seis con que salgo a la pista. Siempre lo hago. Viene con una cinta previa de color negro; yo pongo una cinta blanca encima de la negra, le doy vueltas y más vueltas en sentido diagonal. No necesito pensar en lo que hago, simplemente lo hago. Como si estuviera en trance.

Luego me tiendo en la camilla de masaje y Titín me pone un par de vendas en las piernas, por debajo de las rodillas. Ahí también me duele y las vendas impiden las irritaciones y calman el dolor si aparece. […]

Cuando Titín acaba con mis rodillas, me levanto, me visto, me acerco al lavabo y me mojo el pelo con agua. Luego me pongo el pañuelo en la frente. Es otro movimiento que no requiere ninguna clase de reflexión, pero que realizo despacio y con cuidado, hasta que me lo ato detrás de la cabeza con fuerza, lentamente. Hay una finalidad práctica en esto: impedir que el pelo me caiga sobre los ojos. Pero además es otro momento del ritual, otro momento de inflexión decisivo, como la ducha fría, para que se agudice mi conciencia de que pronto me lanzaré a la batalla. […]

Ya casi era la hora de salir a la pista. La adrenalina que había estado segregando todo el día inundaba mi sistema nervioso. Respiraba con fuerza, para liberar energía, aunque aún tenía que permanecer inmóvil otro rato mientra Titín me vendaba los dedos de la mano izquierda, la mano con la que juego; sus movimientos eran tan mecánicos y silenciosos como los míos cuando refuerzo al empuñadura de las raquetas. No hay nada estético en esto. Sin las vendas, la piel de los dedos se me cortaría y desgarraría durante el juego. […]

[…] vino un señor vestido con blazer y nos dijo que ya era la hora. Me puse de pie de un salto, sacudí los hombros, giré la cabeza a un lado y a otro, e hice otro par de carrerillas por el vestuario.

Se suponía que ahora tenía que entregar mi bolsa a un asistente de pista para que la llevara a la silla. Forma parte del protocolo de Wimbledon el Día de la Final. No se hace en ningún otro sitio y no me gusta, rompe con mi rutina. Le tendí la bolsa, pero me quedé una raqueta. Salí del vestuario el primero, apretando la raqueta con fuerza, pasé por pasillos decorados con fotos de los campeones de torneos anteriores y con trofeos expuestos en vitrinas, bajé unos peldaños, doblé a la izquierda y salí al aire fresco del julio inglés y al verde mágico de la Centre Court.

Referencias:

  • Nadal, Rafael y John Carlin (2011) Rafa. Mi historia [Rafa, 2011]. Barcelona: Indicios. ISBN: 978-84-937954-6-7.

Written by Commedia

Miércoles, 22 enero 2014 a 1:20 pm

Publicado en Etnografía, y Más

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2 comentarios

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  1. Es un libro buenísimo, el capítulo de la final de Wimbledon es espectacular, y hace admirar aun más al mejor deportista español de todos los tiempos. Merece la pena leerlo.

    Juanlu

    Miércoles, 22 enero 2014 at 1:27 pm

  2. Se nota la mano de Carlin, claro.

    Lo que me llamó especialmente la atención fueron las descripciones sobre las maneras que tiene para controla todo —sus emociones y cualquier cosa que le rodee— para que nada enturbie su juego y lograr entrar en ese estado de flujo en el rendir a tope al más alto nivel. Todo tiene que estar en su sitio. Si algo no lo está amenazará con romper ese delicado equilibrio.

    Viendo la imagen pública de Nadal, uno puede pensar llegar a pensar que es un hombre de acero, y, sin embargo sorprende ver también que es un persona tan frágil.

    Commedia

    Miércoles, 22 enero 2014 at 1:42 pm


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