Corre con el Cuento

Cosas del Correr y de Cuentos

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La soledad del corredor de fondo

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Ellos pueden pasarse todo el día espiándonos para ver si hacemos alguna de las nuestras, si trabajamos bien o si hacemos “atletismo”, pero no pueden sacar una radiografía de nuestras tripas para averiguar qué nos estamos diciendo nosotros mismos. Yo me he hecho toda clase de preguntas y he reflexionado sobre mi vida hasta el momento presente. Y me gusta hacerlo porque entretiene; ayuda a pasar el tiempo y hace que el Borstal no parezca ni la mitad de malo de lo que decían los muchachos de nuestra calle. Y la chorrada está de las carreras de fondo resulta lo mejor de todo, porque me hace pensar también que aprendo las cosas aún mejor que cuando estoy en la cama por la noche. Por lo demás, con esto de pensar tanto, mientras voy corriendo me estoy convirtiendo en uno de los mejores corredores del Borstal. Ahí no conozco a nadie que haga sus cinco millas mejor que yo.

Tan pronto como me digo que soy el primer hombre que ha caído en este mundo, y tan pronto como, a primeras horas de la mañana, cuando ni siquiera los pájaros se siente con ánimo para cantar, salgo de un salto tremendo a pisar la hierba helada, me pongo a pensar, y esto es lo que me gusta. Doy mis vueltas en un sueño. Doblando los recodos de una vereda o de un caminito sin enterarme si quiera, saltando arroyos sin darme cuenta de que están allí, gritando los buenos días, sin verle siquiera, a un ordenador de vacas la mar de madrugador. Sí, da gusto ser corredor de fondo, encontrarse a solas en el mundo sin un alma que le ponga a uno de mala uva, o que le diga lo que debe hacer, o que le diga que a pocos pasos, en la calle de al lado, hay una tienda que descerrajar. A veces pienso que nunca he sido tan libre como durante el par de horas que troto fuera de las puertas, subiendo por el sendero y doblando el roble aquel de cara pelada y barriga enorme del final del camino. Entonces todo está muerto, pero con una muerte buena, porque ha muerto ya antes de haber vivido, y no después de vivir. Así es como lo veo yo. Se lo advierto, muchas veces, al empezar, estoy tieso de frío. Me parece no tener manos, ni pies, ni nada de carne en el cuerpo, lo mismo que si fuese un fantasma que ni siquiera se enteraría de que tiene el suelo debajo si de vez en cuando no lo viese a través de la niebla. Pero aunque ciertas personas, si escribiesen en una carta sobre esto a sus mamaítas, dirían que sufren un frío tremendo, yo no lo digo, porque sé que dentro de media hora habré entrado en calor, que cuando llegue la carretera y tuerza hacia el sendero de los trigales, junto a la parada del autobús, me sentiré tan caliente como una estufa de panza redonda y tan feliz como un perro con un rabo de hojalata.

Es un vida buena, me digo a mí mismo, con tal de que uno no se dé por vencido ante los guardias, ni los amos de los Borstales, no todos los demás cochinos que están dentro de la ley. Trot-trot-trot. Paf-paf-paf. Slap-slap-slap, corren mis pies sobre el duro suelo. Flis-flis-flis, a medida que mis brazos y costados rozan las ramas desnudas de los arbustos. Porque ahora tengo 17 años, y cuando me suelten —si me decido y procuro que las cosas cambien— intentarán meterme en el ejército, ¿y qué diferencia hay entre el ejército y el sitio donde estoy ahora? A mi no me engañan, esos canallas. He visto el cuartel cerca de donde vivo, y si no hubiera pipis con sus fusibles, de guardia en el exterior, uno no conocería la diferencia entre sus altas paredes y el sitio en el que me encuentro ahora. Y aunque los quintos salgan de tarde en tarde durante la semana a por un cuartillo de cerveza, ¿que? ¿No salgo yo cada dos días a mi carrerita de fondo con lo que vale cincuenta veces más que emborracharse? La primera vez que me dijeron que correría sin un guardia pedaleando en su bici mi lado, no podía creerlo; pero dijeron que aquel Borstal era un establecimiento progresivo y moderno; aunque a mí no me engañan, porque, por lo que me han contado, sé que es exactamente lo mismo que otro portal cualquiera, excepto que me dejan trotar por el campo de este modo. Un Borstal es un Borstal, hagan lo que hagan; pero de todos modos yo gruñí un poco, quejándome de que era un poco peliagudo eso de soltarme tan temprano a correr cinco millas con el estómago vacío, hasta que a fuerza que hablar me hicieron cambiar de pensamiento y decidir que tampoco era tan malo —cosa que ya sabía desde el principio—, y ellos me dijeron que era un buen deportista y me dieron palmadas en el hombro y yo les prometí ganar para ellos la Borstal Blue Ribbon Prize Cup for Long Distance Cross Country Running (All England). Y ahora, cada vez que viene de visita, el gobernador me habla casi como hablaría a su caballo de carreras, si lo tuviese.

Referencias:

  • Sillitoe, Alan. [1959] 2007. La soledad del corredor de fondo. Madrid: El tercer nombre.

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Lunes, 22 febrero 2016 at 8:29 am

Antes de Leer

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Antes de leer

El niño vive en perpetua curiosidad. Él quiere saberlo todo, quiere aprenderlo todo. Ved cómo sobre la tierra sedienta caen las gotas de la lluvia que, en el acto, se secan. No de otra manera, en el ánimo infantil, caen cuantas novedades llegan a él. Por eso es tan grave la responsabilidad del que enseña. Acaso, una mala semilla destroza un corazón.

Cuentan los viajeros que recorrieron las orillas del Ganges, allá en la lejana y dorada India, que en el territorio llamado Titnebrais se crían las rosas más encendidas y galanas, las más frescas y odorantes que hay en el mundo.

Cierto Genio maléfico, enemigo de todo lo bueno, quiso destruir aquel vergel maravilloso, y lo hizo abriendo con su vara un agujero en el centro del jardín, depositando allí la semilla del arbusto llamado Brunar. Ese es el arbolillo del odio, el de los pecados, el de los crímenes. Donde él se desarrolla, desaparece lo bello y se borra lo bueno. En efecto, el encantador paraíso de las rosas quedó para siempre desierto. Todos los lindos arbustos perecieron.

No creáis que ocurre cosa distinta cuando en el alma del niño se deposita un germen virulento. Así, pues, los que escriben para distraer a los muchachos, han de examinar muy detenidamente el granito de saber y de fantasía que van a entregar a los inocentes lectores.

Y esa obligación moral, no solamente se impone a los hombres honrados, sino que les marca el camino que han de seguir en su relación literaria con los jóvenes a quien dedican sus páginas. No lo olvidaré yo ciertamente.

Referencias:

  • Ortega Munilla, José, Lecturas Infantiles, Alicante, Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, 2000, Edición digital basada en la de Barcelona, Ramón Sopena, 1935.

La edición electrónica de la fabulosa Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes la descargué —en formato para libro electrónico— a través la página de Amazon España que, al colgarla en su tienda, ha decidido eliminar todas las ilustraciones y estructura de capítulos. En fin, un desastre, que se repite —y empeora— en otras ediciones «gratuitas» de grandes obras, como Los Viajes de Gulliver, que aparece sin estructura por capítulos, con un formato desastroso y —increíble, pero cierto— con innumerables faltas de ortografía.😦

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Miércoles, 4 abril 2012 at 7:05 am

Tomando Decisiones

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Se nos va la vida tomando decisiones.

—¿Nos quiere Vuestra Majestad comunicar alguna decisión?— dijo la señora Quée, deseosa de infundirle ánimos.

—Eso quiero —respondió el rey—. Pero no es tan sencillo como parece. En realidad, he tomado varias decisiones, exactamente dos. La primera decisión es que he decidido haceros partícipes de mi decisión. Esto ya lo he hecho y con ello os he comunicado mi primera decisión.

El rey se quitó la corona, le echó aliento y le sacó brillo con la manga del batín, tal y como solía hacerlo cuando estaba muy preocupado y quería ganar tiempo apra poner en orden sus ideas. Por fin se volvió a poner, con gesto decidido, la corona y dijo:

—¡Fieles súbditos! Lo ocurrido ayer con el barco correo nos ha demostrado que de esta forma no podemos seguir. Es demasiado peligroso. En lenguaje real lo llamaríamos «una situación de desastre». Significa que se trata de algo que no puede seguir.

—¿Y qué es lo que no puede seguir, Majestad? —preguntó Lucas.

—Os lo acabo de decir —suspiró el rey Alfonso, secándose con su pañuelo de seda unas gotas de sudor de la frente, porque la audiencia le empezaba a cansar.

Los súbditos esperaron silenciosos a que el rey Alfonso se calmara y siguiera hablando:

—No lo podéis entender porque es demasiado complicado. Lo importante es que lo entienda yo, que para algo soy el rey. Bueno, os he comunicado ya mi primera decisión; la segunda es ésta: tenemos que hacer algo. Leer el resto de esta entrada »

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Miércoles, 7 marzo 2012 at 7:01 am

Chinos

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En Ping había una enorme cantidad de personas, y todas ellas eran chinas. Jim, que no había visto nunca a tanta gente de una vez, sintió una inquietud misteriosa. Todos tenían los ojos rasgados y llevaban trenzas y grandes sombreros redondos.

Cada chino llevaba a otro chino más pequeño de la mano. Éste llevaba de la mano a otro más pequeño aún, y así sucesivamente hasta el más pequeño de todos, que tenía el tamaño de un guisante. Si este último hubiese llevado a otro chino más pequeño, Jim no lo habría podido ver y habría necesitado una lupa. Leer el resto de esta entrada »

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Miércoles, 29 febrero 2012 at 7:44 am

Publicado en Cuentos

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Sopa de Nada

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El león Kandinga, un cuento africano, termina con una moraleja:

Si tienes mucho, es bueno compartir con los que no tienen nada

Sopa de nada, un cuento inglés, recreado por Darabuc, también habla de lo mismo: compartir. Es extraño, y hermoso, comprobar que dos culturas tan disti[a]ntes defiendan los mismos valores, porque son valores —nuestra forma de entender el mundo— lo que transmitimos a través de los cuentos, y no solo una «bonita historia».

La receta para compartir no es sencilla,

agua, piedras…

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Viernes, 18 febrero 2011 at 6:55 am

Nadar como Tarzán

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Imagen extraída de Jaime Cruels, "Historia de la Natación y de la Evolución de los Estilos" (pulsar sobre la imagen para ampliarla)

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Viernes, 15 octubre 2010 at 10:40 am

Cuentos de Bolsillo

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Mira fijamente. Es la forma de educar la retina y más. Mira fijamente, curiosea. Escucha, espía. Muere sabiendo algo. No estás aquí para siempre.

—Walker Evans

Hacía tiempo que conocía sus fotos. Las más famosas, las de la Gran Depresión, que realizó en sus viajes junto a James Agee y que aparecieron publicadas en un libro inolvidable, pero nunca había visto sus fotos del metro. Una exposición, el año pasado, me las descubrió. Se trata de imágenes de personas anónimas, tomadas con cámara oculta, mientras viajan bajo el suelo de Nueva York. Son impactantes, por la dificultad técnica y la novedad que suponía que alguien retratara este aspecto de la vida urbana.

No sé si Mluz Flores se inspiró en ellas, pero creo que con sus dibujos del Metro de Madrid ha conseguido mostrar muy bien este mundo enterrado, reflejo del de la superficie, desde un punto de vista más personal del que lo hiciera el propio Walker Evans.

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Written by Commedia

Lunes, 12 julio 2010 at 1:55 pm

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